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lunes, abril 11, 2022

Revisión de Paradigmas





Antes de entrar en la revisión detallada del Plan Estratégico Apicola 2030 cabe señalar que hay varios paradigmas que trascienden el mundo de la apicultura que son erróneos y no permiten avanzar en el diseño de una Visión y Principios acorde con la realidad y necesidades de los Apicultores y sus Abejas. Por eso, creemos necesario, antes de abordar los Objetivos, Ámbitos y Líneas de Acción del plan, revisemos esos paradigmas e incluso invitamos a esbozar otros.


a. ¿Sistema Cerrado o  Sistema Abierto?

Uno de los paradigmas clásicos de nuestra actividad es que concibe la agricultura desde la propiedad privada y concibe su desarrollo como un quehacer y una responsabilidad que mágicamente se extingue en el deslinde del predio. Mira la agricultura  como un sistema de unidades productivas individuales sin conexión entre otros pares, sin conexión con sus entorno geográfico y sin responsabilidad ambiental alguna. A veces, admite una responsabilidad ambiental pero limitada a los deslindes de la propiedad privada donde se desarrolla.

Por el contrario, creemos que la apicultura opera en un sistema ABIERTO, toda vez que las abejas no se restringen a los deslindes del predio en el cual están ubicadas. Ellas vuelan libremente haciendo un uso racional del territorio o área de pecoreo. Cada colmena es un superorganismo compuesto por miles de abejas, una reina (hembra fecundada) y algunos machos que se nutren de la diversidad de flores a las que acceden libremente.

Este superorganismo-colmena hay que imaginarlo como compuesto de insectos que en conjunto forman una colonia, pero que actúan como un mamífero dentro de una caja.

Si se entiende así la actividad, los apicultores son quienes se domesticaron para aprender a arrear este particular ganado silvestre o asilvestrado. Los apicultores vienen a ser una suerte de pastores de este ganado con alas y enfrentan con distintas prácticas y formas de trabajo la buena crianza de sus colmenas. Algunos son fijistas, es decir no mueven de lugar sus colmenas, pero una mayoría son trashumantes y mueven sus colmenas de lugar en lugar.

La idea de un sistema abierto donde participan libremente las abejas obliga a ampliar la definición de cadena apícola y a mirarla a partir de las abejas hasta llegar al consumidor final de los productos o servicios apicolas y, necesariamente, debe incluir a todos los actores del territorio de pecoreo apícola tengan o no la necesidad de polinización.

Al mirar con ojos de abeja el territorio de pecoreo, los principales problemas que se visualizan en esta cadena son la aplicación de productos fitozoosanitarios, la desaparición de especies apícolas (fuego, tala por leña, tala por avance de la frontera agrícola), el desierto verde que significan los monocultivos cerealeros o los monocultivos en general luego de su época de floración) o la competencia de otras colmenas cercanas (con o sin pillaje) y, sobre todo, la transmisión horizontal de enfermedades, en particular la varroa y la loque americana.

La visión que aborda la actividad apícola como un sistema cerrado se concentra en los actores directos y le carga la mano a los apicultores, olvidando datos relevantes del comportamiento y quehacer de los otros actores del territorio porque no los visualiza ni considera parte de la cadena, pese a que finalmente la definen por sus dos extremos: como proveedores de pastura para las abejas (o zona de guerra en algunos casos, dada la aplicación de pesticidas) o como clientes finales que aprecian o desprecian los productos y servicios de la colmena.
En esta mirada atomizada e individualista privada, nadie defiende a los polinizadores naturales de la pérdida ecosistémica, del ataque con agrotóxicos, de la extinción, menos aun se mira a la actividad desde un enfoque de cuidado y promoción: no hay ayudas para la sobrevivencia, por ejemplo, como sí sucede con las abejas europeas.

A modo de ejemplo, no se habla nada de la extracción comercial de leña como un factor relevante en la pérdida de biodiversidad y del recurso floral toda vez que se privilegian especies apícolas (p. ej Ulmo en el sur). No se pide el registro de las aplicaciones de agrotóxicos en las zonas, ya que se piensa que la relación de riesgo es solo con las abejas dentro del predio donde se harán las aplicaciones y no se cuenta con que un determinado sector está dentro del radio de vuelo y recolección de muchas otras abejas cuyas colmenas están en otros predios circundantes. Se visualiza la relación de estos agrotoxicos solo como de vida o muerte, pero no observamos la bioacumulación ni la existencia de las llamadas dosis subletales, que igualmente pueden estigmatizar la miel con sus impurezas o simplemente hacer bajar la producción de los colmenares sin causa aparente. Olvidamos la  acumulación de principios activos en el suelo y su reflejo o reaparición en las plantas a la temporada siguiente, muchos migrando hasta el néctar de las flores y vuelta a impactar a las abejas de miel y a los otros polinizadores endémicos o introducidos. La mirada reduccionista tampoco dice nada de  las sinergias de los distintos principios activos en uso en el territorio de forma paralela y que finalmente son concentrados en la colmena por la carga que traen las abejas que recorren el área de pecoreo.

Es vital para el futuro de la actividad en Chile aceptar que la apicultura sucede en un sistema abierto y que por tanto, toda acción individual o colectiva de los actores apícolas y no apícolas de la cadena ampliada, debe ser emprendida desde una base territorial, considerando una definición operativa de “barrio apícola”.

También es importante aceptar que entre Coquimbo y Los Lagos es territorio apícola. Y, considerando un radio de vuelo de 3 a 5 km es territorio apícola casi todo el territorio nacional, parte de ese sistema abierto mencionado y donde todos los operadores deben tener en consideración a los otros actores y datos territoriales cuando deciden su accionar.

A modo de ejemplo, si en la zona de Ninhue se hubiera actuado considerando a las abejas cuando se decidió la forma de controlar Lobesia botrana se hubieran dado cuenta de que iban a generar una gran mortandad en las colmenas, toda vez que las viñas donde se hicieron las aplicaciones de pesticidas estaban cubiertas de correhuela, maleza en flor al momento de las aplicaciones y que es muy atractiva para las abejas. Pero como las viñas no requieren polinización, sus profesionales agrónomos y propietarios dejaron fuera de consideración a la cadena productiva apicola y generaron un daño considerable. Lo más lamentable es que es el mismo SAG el que nos obliga al Registro en el FRADA y luego nos olvida cuando ordena las aplicaciones contra Lobesia.

Es triste constatar que debido al uso de pesticidas muchas mieles producidas en áreas urbanas terminan siendo más limpias que aquellas producidas en zonas de uso agrícola intensivo.

La Ley Apícola debe considerar un Registro de Aplicación de Fitozoosanitarios (con buena georreferenciación) y debe ser recogido en el Plan Estratégico si es que aceptamos estos cambios desde un paradigma reduccionista hacia una mirada integral.

El Plan Estratégico Apicola 2030 debe considerar de igual forma, una buena fiscalización al producto MIEL (aquel que cumple la definición del Codex) persiguiendo a los falsificadores o a todo aquel que mal use el concepto con publicidad engañosa. Asimismo, sería deseable planificar una educación y promoción con los consumidores chilenos para que entiendan la diferencia entre miel y confituras que se venden con el nombre de miel, pero sobre todo, para que dentro de una corriente sensible a la agricultura a escala más humana, a una alimentación más natural, se  privilegie la miel (la que define el Codex) sobre otros endulzantes.

Para poder llevar adelante los dos aspectos anteriores vamos a requerir la participación de otro actor olvidado de la Cadena Apicola Ampliada: La Ciencia. La participación de universidades y centros de investigación y sus laboratorios es esencial para estudiar las abejas, mieles y productos de la colmena, ya sea para determinar causas de mortandad de abejas o colmenas o para definir la inocuidad y origen botánico de un producto.

No vemos lo que no medimos. 

 

b. ¿Productores de Miel o Polinizadores?


Hacer un cambio de paradigma también obliga a entender que la abeja es inmigrante y le permitimos su existencia en Chile para que polinice algunos monocultivos, parte de nuestro alimento y que por tanto, la miel es un extra que casi todos producen. 

Las abejas europeas de miel fueron traídas por segunda vez a Chile, esta vez por Patricio Larrain Gandarillas en 1844 junto al influjo de la apicultura moderna (marcos móviles, espacio de abeja), para acompañar el modelo fruticultor que le permitió consolidar la industria conservera asociada. El primer apicultor, el Sr. Bianchi,  vino de  italia a hacerse cargo de esas colmenas y otras más que él mismo trajo en barco.

El Plan 2030 en comento, hace un extenso análisis del mercado mundial de miel, detallando volúmenes y precios, países de origen y destino y nos invita de alguna forma a seguir el ejemplo de Nueva Zelanda en la agregación de valor con exportación al detalle y producción altamente diferenciada. A falta de datos de nuestro mercado interno se malentiende que la miel que se exporta desde Chile es un reflejo de la producción nacional y de paso hace oidos sordos al enorme problema que representa la miel falsa o adulterada.

Pero principalmente el Plan no se hace cargo de buena forma del Servicio de Polinización. No se indaga qué volumen y valor representa ese mercado, como tampoco muestra cifras que permitan de alguna forma dimensionar el impacto macro que tiene la polinización de las abejas en la economía nacional.

De acuerdo a la FAO la relación entre lo que saca el apicultor y lo que saca el dueño del predio que fue servido varía entre 1:20 y 1:50. El costo en polinización de un huerto o semillero no llega al 2% del total de costos de producción de dicho huerto. Los apicultores están afixiados por una tarifa de polinización que no sube en el tiempo.

El documento se queda corto en develar las cifras de la trashumancia que involucra un 62% de las colmenas del país, y no explora el tipo de apicultor que transhuman, el tamaño del emprendimiento ni su relación con los servicios de polinización.

Investigar y tener esas cifras, eventualmente, quebraría la concepción, la imagen societal del apicultor tipo (un productor artesanal) y nos obligaría a replantear la relación con la polinización desde una apicultura no solo más profesional sino que más digna y, sobre todo, más rentable.

El documento tampoco indaga en la ubicación concreta de los apiarios y sus tamaños, dejando olvidada la polinización adventicia que producen las abejas por el solo hecho de existir; olvida los barrios apícolas y sus entornos y no considera el hecho que mover abejas a la polinización de cultivos también es una trashumancia que eventualmente afecta o aporta de la misma forma que cuando se trashuma al final de la temporada de polinización en búsqueda de la miel sureña o a las precordillera entre Maule y Bio Bio (dadas las condiciones ambientales actuales dejo fuera la tradicional invernada en el norte).
Se hace imperativo mirar la actividad  a partir con base territorial y conectar de mejor forma a los propietarios y actores de cada espacio.

“Somos mucho más que miel, somos factor productivo” ha sido la consigna de muchos años en nuestro gremio, y hoy esa consigna debería verse reflejada en mejores tarifas y una mejor relación con los demandantes del servicio de polinización. Se debe entender que las abejas son un seguro y que como todo seguro cuesta pagarlo y pero siempre es mejor no tener que usarlo.

Esperamos que la actividad apícola permita vivir con dignidad en una relación de largo plazo con el entorno cercado y abierto, buscando y facilitando siempre las mejores pasturas para nuestro ganado con alas.

La mayor rentabilidad no vendrá por la sola producción de miel y productos de la colmena toda vez que casi el 100% del plantel apícola nacional participa directa o indirectamente cada temporada en el desafío de polinizar esas 150.000 hectáreas de frutales que requieren insectos para dar frutos y otras xxx hectáreas de semilleros para oleaginosas u hortalizas.


 

La única referencia en el Plan a la polinización es que en ella participa directamente un 26% de los apicultores, lo que parece poco, pero como el trabajo lo hacen las colmenas, se debería indicar que ese 26% posee del orden de 80% de las colmenas y de forma indirecta acarrea a gran parte de ese otro 20% de colmenas, ya sea comprando marcos con cría para iniciar una reina, o núcleos, o bien subarrendando las colmenas.

La cadena productiva apícola funciona y su tractor es la polinización, por lo que hay que ampliar la comprensión de cómo funciona esta suma de eslabones.

Si miramos la existencia de colmenas en función de la demanda por polinización, vemos que la zona central, históricamente frutera, concentra la mayor cantidad de colmenas llegando a una dotación promedio de entre 5 y 10 colmenas por hectárea de frutales.

En la zona sur hay menor cantidad de colmenas, pero como hay menor demanda de polinización y ciertas mejores condiciones para producir miel, se dispara a entre 15 y 20 la dotación de colmenas por hectárea de cultivo que demanda polinización (Ojo aquí con la Canola que hasta hoy no paga por el servicio de polinización).

Un caso singular es la región de Los Lagos, donde la dotación por hectárea probablemente responda a la migración anual de colmenas de más al norte (problemas de registro FRADA) que solo a las mejores condiciones para producir miel del Bosque Valdiviano. Esta singularidad es algo que se debería despejar para poder tener una mirada tan detallada como el dato actual lo solicita.


c. Mercado Apicola Internacional y Precio Justo

Por muchos años hasta antes de la invención de ciertos derivados del petróleo (circa 1960/70), básicamente el teflón y las telas impermeables, las abejas eran consideradas parte del arsenal de guerra, ya que la cera era usada como lubricante e impermeabilizante.  Muchos países “bélicos” tenían instalados sistemas de subsidios y medidas para-arancelarias para fomentar su  industria apícola y así tener altas producciones de cera y miel con que mantener operativa a la tropa.

La parafina también fue un golpe duro a la producción de cera utilizada para cirios y velas para iluminación y adorno y de paso afectó la mantención de colmenares para proveerse de ella.

Como la miel es algo que una colmena de abejas va a hacer sí o sí (en años propicios y en la pastura adecuada) hasta antes del petróleo la miel “no tuvo precio”, siempre fue más cara que el azúcar, pero el azúcar desde Napolen que es cada día mas barata y accessible.

Así, lentamente ha ido bajando la cantidad de colmenas en los países desarrollados a medida que se cortan los subsidios directos y se hacen viejos los apicultores. Como se debe ajustar la producción al mercado real, se hace cada vez menos atractiva la actividad para el ingreso de actores más jóvenes- Pero en paralelo, la cantidad de colmenas va aumentando en los paises llamados del Tercer Mundo, subdesarrollados, que expanden y actualizan su frontera agrícola. Mientras, los paises desarrollados imponen medidas para-arancelarias para mantener el precio de la miel bajo o protegerse de la miel adulterada o derechamente falsa y con ello distorsionan aun mas el ya pequeño mercado de la miel mundial.

Por un lado, hay una atomizada producción muy diversa y por el otro pocos compradores, principalmente empacadores que van a meter la miel al retail, donde importa más el margen de precio y un producto uniforme que obtener buena calidad del producto final. Por eso es que entran aquí jarabes de azúcar invertido bajo el nombre de “miel”, aunque nunca fueron miel, sino solo un producto para cubrir una necesidad de volumen.

En esa realidad externa y con un mercado interno inundado en miel falsa sin control ni fiscalización, no es posible pensar en seguir el modelo de Nueva Zelanda. No hay incentivos para producir con calidad y en muchos de los territorios por más que se quiera producir con calidad o no hay endemismo suficiente para distinguirse o el territorio está contaminado por agrotóxicos que matan a las abejas o sus dosis subletales terminan apareciendo como estigmas en la miel.

Primero hay que ordenar el sistema, esto es bajar y mejor utilizar los pesticidas y fiscalizar hasta minimizar el mercado de falsificaciones y luego podremos empezar a agregar a valor a un producto de calidad.

Por de pronto hay que seguir mirando con mayor detalle el mercado interno, que sin duda es mucho más grande de lo que se estima, solo viendo como proxi los volúmenes de exportación de miel y no indagando al interior de la cadena y sus interrelaciones con el cliente final.


d. ¿Peste o Conservadores?

Indicar que en Chile o las Américas que la abeja de miel juega un papel relevante en “la conservación de la biodiversidad” también es un paradigma discutible.

Ya mencionamos que la abeja de miel es europea y ha ampliado sus dominios en el mundo con la ayuda del hombre, básicamente por su producción de cera y miel y por su aporte para asegurar la polinización de algunos de los cultivos que alimentan a los humanos.

Toda vez que en Chile llevamos a nuestras abejas de miel, inmigrantes europeas, mas allá de la frontera agricola, estamos invadiendo espacio natural y entrando en competencia con los insectos polinizadores locales. Ellas compiten por el néctar y el polen. Tambien nuestras abejas tienen patógenos,  bacterias y virus que pueden pasar a las otras especies de insectos locales.

Junto con los cultivos y el tráfico humano avanzan las malezas, en general de orígen extranjero y por tanto muy atractivas y privilegiadas por las abejas de miel. Estas malezas, con su avance van simplificando el paisaje, disminuyendo la biodiversidad y el endemismo que tanto caracteriza a nuestra mieles. Incluso algunas de ellas producen principios activos que bajan la inocuidad de la miel (PA’s) al punto de cerrar mercados o bajar precios.

Sólo se entiende la inclusión de esta idea de que las abejas ayudan a la conservación de la biodiversidad como una estrategia para incluirla en fondos ligados al cambio climático.

Las abejas se sirven de la biodiversidad pero parte de su éxito es que requieren de pocas especies floreciendo en paralelo para ser felices. No dependen de un solo vegetal como muchos insectos locales que son polinizadores únicos de una variedad vegetal, ni requieren una infidad de vegetales floreciendo al mismo tiempo. Digamos que a las abejas, en un sistema abierto, “les sirven todas las micros” y van a estar constantemente censando el ambiente circundante para mejor decidir en qué floraciones y dónde les es más rentable trabajar en cada minuto.

Sin duda que la desertificación producto de la megasequía es alarmante para la actividad apicola, y sin duda también que los apicultores nos hemos movido desde siempre con nuestras abejas siguiendo la temporada en busca de mejores pasturas, pero todo eso implica absorber mayores costos en transporte y suplementación en un ambiente cada día mas tóxico para la vida. Pero no por ello vamos a magnificar el papel de las abejas europeas de miel. En el mundo natural chileno admitimos que son un convidado de piedra.

Dicho lo anterior, las abejas de miel están en Chile para polinizar una serie de cultivos que no solo ayudan a la alimentación sino que además generan importantes divisas para el país.


e. Las Abejas como umbral de seguridad ambiental y alimentaria

Hay un último paradigma que revisar: las abejas como umbral de la sustenibilidad ambiental.

Si bien afirmamos que no se puede indicar que las abejas de miel europeas en Chile beneficien la conservación de la biodiversidad, tampoco es menor el trabajo de Custodio Ambiental que hacen los apicultores y el papel de umbral de la seguridad ambiental que desempeñan las colmenas y sus abejas. Las colmenas actúan como el canario en la mina, alertándonos del deterioro ambiental.

Como dijimos, las abejas adultas de una colmena pecorean un cierto territorio: imaginemos un círculo de entre 3 a 5 km de radio, por donde las abejas vuelan siguiendo las pistas, la información de oferta energética ambiental, de disponibilidad y calidad del néctar y polen que van recibiendo a medida que, primero las exploradoras traen néctar y/o polen y luego, en base al compendio de información del conjunto,  en una suerte de resolución democrática, terminan ganando las locaciones más atractivas, o más “rentables” para ese superorganismo que es la colmena.

Ese acto de compartir información es vital en la maximización del uso del territorio por parte de una colmena de abejas europeas y es lo que hace que al final las abejas sean el compendio, la síntesis de un ambiente.

Entonces, en el caso más grave, sea por sequía y extinción de la cubierta vegetal o por uso excesivo de agrotóxicos, un apicultor ya no podrá sostener sus Abejas ni sus colmenas en ese lugar donde siempre las ha tenido. Será entonces el apicultor el que dará la voz de alerta a la comunidad de lo invivible que se ha transformado su paisaje y su territorio. Pero esto no sucede de la noche a la mañana, no es como en el caso del canario, donde este se muere ante la presencia del gas grisú y da una alerta inmediata a los humanos.

En el caso de la apicultura, primero se hace menos sostenible un apiario, el lugar donde el apicultor mantiene una cantidad de colmenas. Cada año le es más difícil mantener las colmenas y/o cada año debe gastar más en suplementos para sostener el mismo o menor número de colmenas. Mucho de eso se ha visto los pasados años, de norte a sur, tanto por la megasequía como por el mayor uso de productos sistémicos que producen daños subletales y por tanto poco perceptibles para el apicultor, que solo ve que le rinde menos el trabajo a sus colmenas.

También sucede que el apicultor se encuentra con episodios concretos de intoxicación por la aplicación de algún producto en la zona de pecoreo, o bien que al visitar un apiario que debería de haber juntado sus propias reservas se encuentra con colmenas muriendo de hambre. Todo aquello alerta al apicultor de que hay problemas de sostenibilidad ambiental que sin duda están afectando o van a afectar a los humanos también en otras dimensiones.


f. ¿Quién escucha al apicultor? ¿Quién es apicultor?  ¿Para dónde llevamos a la apicultura, a los apicultores y colmenas de abejas europeas en el futuro?

En resumen, menos de un 30% de los apicultores llevan en sus hombros el destino de más del 80% de las colmenas de Chile, dedicándose a prestar el vital servicio de polinización para producir alimentos y luego llevan sus abejas a mejores pasturas sureñas o a la precordillera de la zona central para que recuperen fuerzas para pasar el invierno y volver a servir de factor productivo, para seguir cumpliendo con el desafío de la seguridad y soberanía alimentaria.

Temporada tras temporada las abejas pueden confiar que en años malos el apicultor les dará el sustento y el apicultor puede estar seguro que en años buenos las colmenas le devolverán en miel todos sus cuidados. Ese es el pacto, ese es el acuerdo mayoritario.  

Luego de 170 años junto al desarrollo agrícola nacional ¿Podremos confiar los Apicultores en los fruticultores y en los productores de semillas que nos trajeron a estas tierra por alla por 1844? ¿Podremos confiar en los otros agricultores para que cuiden a las abejas y otros insectos polinizadores?

“Para 2018, a más de 30 años del inicio de este proceso, el sector frutícola ha adquirido una relevancia significativa para el país: abarca en superficie alrededor de 320 mil hectáreas (50% de la cuales requieren polinización entomófila), origina en cifras gruesas 73 mil empleos permanentes y 383 mil de temporada, contribuye en 39,2% al PIB sectorial y en 34% a las exportaciones silvoagropecuarias”



Hasta antes de 1970 la principal enfermedad de preocupación a nivel mundial era una bacteria que genera la enfermedad Loque Americana (Paenibacillus larvae) y que ha Chile recién entro en 2006, luego y en el tiempo, un hectoparásito externo en un par de haplotipos colonizó diezmando los planteles apicolas del mundo. Varroa destructor. A Chile entró en 1992-94 reduciendo el plantel nacional a la mitad. Desde entonces con aproximadamente 300.000 colmenas se ha crecido el plantel x4 a 1.2 millones de colmenas aprendiendo a convivir con la varroa.